Oración: Enviados desde Pentecostés

Hemos celebrado hace unas semanas la Ascensión y también la festividad de Pentecostés. Jesús sube al Padre, pero no nos quedamos solos. La ausencia física de Jesús tiene su continuidad en el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad. Definimos al Espíritu como fuerza silenciosa, calor latente, silencio cargado de Palabra, humedad que refresca la sequía... Nos resulta complicado definir su presencia, pero no por ello renunciamos a intentar describirlo. Esa fuerza, con sus dones, nos urge a ser enviados. Como aliento que impulsa, nos envía al mundo como Iglesia
.

Nadie puede decir: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. (1 Cor. 12, 3-7)

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Oración: Con los refugiados

Son millones las personas que en todo el mundo han tenido que abandonar forzosamente sus hogares. Sólo en Siria, se estima una cifra de refugiados que podría llegar a los cuatro millones a finales de 2014. Esta guerra se ha convertido en una de las mayores crisis humanitarias de nuestro tiempo.
Los refugiados pasan por dolorosas experiencias cuando están en un país extranjero. Ellos llevan la carga de aquellos que les han causado o aún están causando este dolor. Algunos viven con miedo y quieren venganza. Los refugiados desean reconstruir sus vidas y superar las experiencias del pasado. Pero a menudo eso les resulta muy difícil.
Hoy queremos proponeros una oración por los refugiados y migrantes. Para poder acercarnos a esa realidad con la mirada de Dios y dejar que toque nuestros corazones.

Un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y quédate allí hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo (Mt 2,13)

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Oración: Bienaventurados los pobres

Elegiste un camino de pobreza para salvarnos. El adjetivo pobre evoca humildad, conciencia de los propios límites, de la propia condición existencial de la pobreza. Me llamas a transformar esa pobreza de espíritu según los dones recibidos, en un estilo de vida que se refleje en mi existencia, intentando ayudar a otros buscando lo esencial. Además, necesitamos la conversión en relación a los pobres. Tenemos que preocuparnos de ellos, ser sensibles a sus necesidades, ser solidarios.

Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por vosotros se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza. (1 Cor 8, 9)

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Oración: Con los ancianos

Hoy vamos a hacer presentes en nuestra oración a aquellos que ya han vivido muchos años, a los ancianos, a nuestros abuelos, a nuestros padres y madres, a nuestros mayores, aquellos a los que fuerzas físicas ya les fallan, y a los que el paso del tiempo les ha postrado en una butaca o en una cama. Porque todavía tienen mucho que ofrecer al mundo y a la Iglesia.

Con tu VOZ. Eres referente de sabiduría y experiencia en la vida de familia. Ofreces palabras de esperanza que tienen raíz profunda. Cuéntanos la tradición y el evangelio desde tu serenidad de vida ya lograda. Anuncia a los que crecen la fuerza y la justicia de Dios que has ido experimentando en tu vida.

Con tu ORACIÓN. Puedes rezar por el bien y justicia del mundo y de la Iglesia. Desde tu cama puedes abrazar con la oración al mundo.

Con tu PRESENCIA. Eres el nexo de unión en la familia. Unes generaciones nos ayudas a salir del individualismo y de la indiferencia.

Con tu AMOR. Tu amor hacia nosotros, permanece. El bien hecho, permanece siempre. El amor no pasa nunca y cuando hay amor, Dios está presente. Tu comprensión y consuelo son un bien para nosotros.

«…Ahora, en la vejez y en las canas, Dios, no me abandones, hasta que anuncie tu brazo y tu fuerza a la generación venidera, y tu justicia, Dios, que es sublime y las hazañas que realizaste: oh Dios, ¿quién como tú? Me hiciste pasar peligros, muchos y graves; de nuevo me harás revivir. De las simas de la tierra de nuevo me levantarás; acrecerás mi dignidad y te volverás a consolarme. Y yo te daré gracias con el arpa, Dios mío, por tu fidelidad; tañeré la cítara en tu honor, Santo de Israel. Te aclamarán mis labios -cantando para ti- y también mi aliento, que redimiste. Y mi boca todo el día meditará en tu justicia, porque han fracasado afrentados los que buscaban mi daño» (Salmo 71)


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