Oración: Alegres en la esperanza


Si echamos un vistazo a nuestro mundo y a las noticias que nos llegan podemos pensar que la alegría es algo de lo que disfrutan unos pocos, quizá los niños, y que tarde o temprano se acaba, ahogada por las desgracias que nos ocurren. Dificultades, conflictos, frustraciones, necesidades, pérdidas… nos acarrean tristezas, enfados, desesperanza... Sin embargo, hay una alegría más evangélica, más profunda, que radica en la esperanza.


 «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”» (Jn. 7, 37-38).

“Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena”. (Jn 15, 11).




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Oración: Laudato si', estilo de vida

Volvemos a servirnos de la encíclica Laudato si' para motivar nuestra oración. Al final de la introducción el Papa Francisco enumera una serie de ejes que atraviesan toda la encíclica y sobre los que insitirá especialmente: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.


Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Es lo que ocurre cuando los movimientos de consumidores logran que dejen de adquirirse ciertos productos y así se vuelven efectivos para modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción. Es un hecho que, cuando los hábitos de la sociedad afectan el rédito de las empresas, estas se ven presionadas a producir de otra manera. Ello nos recuerda la responsabilidad social de los consumidores. «Comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico». Por eso, hoy «el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros» (Laudato si’, 206).




Oración: Por los maestros

Hace ya muchos años, nació un gran educador en la Tierra, Jesús. Siempre intentaba hacer entender las cosas difíciles de manera sencilla, se acercaba a otros, ofrecía su calor, su acogida, daba ejemplo, perdonaba...

Jesús es en quien sentimos confianza cuando tenemos miedo, confidente cuando lo necesitamos, a quien pedimos ayuda, a quien buscamos, quien es ejemplo de vida... Jesús trata de hacer crecer lo mejor de cada uno en cada persona. Nos conoce profundamente y hace que podamos desarrollar lo mejor de cada uno, tratando a la vez que podamos ser nosotros maestros y seamos capaces de, como Él, saber regar donde hace falta.


Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían. Jesús, al verlo se enfadó y dijo:
“Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos”.  (Mc. 10,13-14).




Oración: Transformados por tu abrazo


Al igual que Jesús, que se dejó amasar por el Padre; yo también quiero dejarme hacer, dejar que Dios me guíe y guíe mis pasos, escuchando cómo me va moldeando en mi vida, en mi día a día.

Me descubro como barro frágil que por sí solo no puede formar una vasija. Pero sigues manteniéndote cerca, aceptándome como soy y queriéndome así, dejas que me apoye en ti cuando el cansancio puede conmigo o cuando no encuentro una salida, y me ofreces ese descanso en Ti para poder seguir dejándome en las manos del alfarero.


Se levantó de la mesa, se quitó el manto, y tomando una toalla, se ciñó. Después echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida. (…) Cuando les hubo lavado los pies, se puso el manto, se reclinó y dijo: ---¿Entendéis lo que os he hecho?  Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho. (Jn. 13, 4-5.12-15).



Oración: Parar y respirar

Mi vida está llena de ajetreo, apretados horarios, idas y venidas. Hoy quiero pararme, mirar a mi alrededor, y sentir desde la tranquilidad y el sosiego cómo TÚ Señor estás presente en aquello que hace que me levante cada mañana y en todos mis quehaceres diarios. Al pararme detengo mi movimiento, trato de dejar fuera mis preocupaciones para descansar y disfrutar sólo del hecho de estar aquí junto a Ti, en tu presencia.


Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante a unas dos leguas de Jerusalén. Iban comentando todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: “¿De qué vais conversando por el camino?” Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días?” Jesús preguntó: “¿Qué cosa?” (Lc 24, 13-18).



Oración: Dios lo resucitó

La muerte de Jesús en la cruz le ha había convertido en alguien maldito, en alguien indeseable a los ojos de todos, era un perdedor… Los fariseos debieron pensar que acabando con él se terminaría con todo. Por su parte los apóstoles estaban tristes, desesperanzados, desunidos… Sin embargo, Dios dio la vuelta a esta situación, revocó esta sentencia de muerte. Con la resurrección Dios vino a decir que a pesar de lo que todos pudieran pensar y sentir este reo ajusticiado a muerte tenía razón, era el Hijo de Dios y su mensaje de amor ya no ha podido detenerse. Hoy, más de dos mil años después, seguimos siendo testigos y celebrando que Jesús está en nuestra vida y sigue animando todo lo bueno de este mundo.


Los discípulos se volvieron a casa. María estaba frente al sepulcro, afuera, llorando. Llorosa se inclinó hacia el sepulcro y ve dos ángeles vestidos de blanco, sentados: uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cadáver de Jesús. Le dicen: ---Mujer, ¿por qué lloras? Responde: ---Porque se han llevado a mi señor y no sé dónde lo han puesto.  Al decir esto, se dio media vuelta y ve a Jesús de pie; pero no lo reconoció. Jesús le dice: ---Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, tomándolo por el hortelano, le dice: ---Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo.  Jesús le dice: ---¡María! Ella se vuelve y le dice en hebreo: ---Rabbuni --que significa maestro”.  (Jn. 10, 1-16).



Oración: El paralítico de la piscina


En esta oración rezamos con otra persona que cruzó su vida con Jesús, el paralítico de la piscina. Jesús no pasa de largo, no mira a otro lado. Ve que alguien necesita ayuda y acude a él. Con absoluto respeto le pregunta si quiere sanarse, no da por hecho que quiera hacerlo. El hombre, sorprendido de que Jesús le hable, le dice que claro que quiere sanarse. Con esta voluntad de sanarnos, nos presentamos ante el Padre en el pórtico de la piscina que es nuestra vida.


Jesús lo vio acostado y, sabiendo que llevaba así mucho tiempo, le dice: ---¿Quieres sanarte? Le contestó el enfermo: ---Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando yo voy, otro se ha metido antes. Le dice Jesús: ---Levántate, toma tu camilla y camina. Al punto se sanó aquel hombre, tomó su camilla y echó a andar. (Jn. 5, 6-9).



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