Oración: Laudato si', estilo de vida

Volvemos a servirnos de la encíclica Laudato si' para motivar nuestra oración. Al final de la introducción el Papa Francisco enumera una serie de ejes que atraviesan toda la encíclica y sobre los que insitirá especialmente: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.


Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Es lo que ocurre cuando los movimientos de consumidores logran que dejen de adquirirse ciertos productos y así se vuelven efectivos para modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los patrones de producción. Es un hecho que, cuando los hábitos de la sociedad afectan el rédito de las empresas, estas se ven presionadas a producir de otra manera. Ello nos recuerda la responsabilidad social de los consumidores. «Comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico». Por eso, hoy «el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros» (Laudato si’, 206).




Oración: Por los maestros

Hace ya muchos años, nació un gran educador en la Tierra, Jesús. Siempre intentaba hacer entender las cosas difíciles de manera sencilla, se acercaba a otros, ofrecía su calor, su acogida, daba ejemplo, perdonaba...

Jesús es en quien sentimos confianza cuando tenemos miedo, confidente cuando lo necesitamos, a quien pedimos ayuda, a quien buscamos, quien es ejemplo de vida... Jesús trata de hacer crecer lo mejor de cada uno en cada persona. Nos conoce profundamente y hace que podamos desarrollar lo mejor de cada uno, tratando a la vez que podamos ser nosotros maestros y seamos capaces de, como Él, saber regar donde hace falta.


Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían. Jesús, al verlo se enfadó y dijo:
“Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos”.  (Mc. 10,13-14).




Oración: Transformados por tu abrazo


Al igual que Jesús, que se dejó amasar por el Padre; yo también quiero dejarme hacer, dejar que Dios me guíe y guíe mis pasos, escuchando cómo me va moldeando en mi vida, en mi día a día.

Me descubro como barro frágil que por sí solo no puede formar una vasija. Pero sigues manteniéndote cerca, aceptándome como soy y queriéndome así, dejas que me apoye en ti cuando el cansancio puede conmigo o cuando no encuentro una salida, y me ofreces ese descanso en Ti para poder seguir dejándome en las manos del alfarero.


Se levantó de la mesa, se quitó el manto, y tomando una toalla, se ciñó. Después echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida. (…) Cuando les hubo lavado los pies, se puso el manto, se reclinó y dijo: ---¿Entendéis lo que os he hecho?  Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho. (Jn. 13, 4-5.12-15).



Oración: Parar y respirar

Mi vida está llena de ajetreo, apretados horarios, idas y venidas. Hoy quiero pararme, mirar a mi alrededor, y sentir desde la tranquilidad y el sosiego cómo TÚ Señor estás presente en aquello que hace que me levante cada mañana y en todos mis quehaceres diarios. Al pararme detengo mi movimiento, trato de dejar fuera mis preocupaciones para descansar y disfrutar sólo del hecho de estar aquí junto a Ti, en tu presencia.


Aquel mismo día, dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, distante a unas dos leguas de Jerusalén. Iban comentando todo lo sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo. Él les preguntó: “¿De qué vais conversando por el camino?” Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce lo que ha sucedido allí estos días?” Jesús preguntó: “¿Qué cosa?” (Lc 24, 13-18).