Perdonen pero no creo... (III)

Dice San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales, que "el amor debe ponerse más en las obras que en las palabras". El Dios en quien creemos, y de quien decimos que es Amor, es el primero que cumple con esto. No se limita a decirnos que nos ama desde la distancia, sino que ha enviado a su hijo al mundo. Ha venido a salvarnos siendo uno de nosotros.Compadeciéndose de los enfermos y los pecadores. Curando y acompañando.

¿Es mi amor a Dios una lista de palabras y ritos vacíos? ¿O por el contrario están esas palabras y ritos llenos de nombres, gestos y obras? ¿Están los más necesitados tan cerca de mi corazón como lo están del corazón de Dios?

No creo en un Dios de “bolsillo” que me sirve cuando estoy en crisis o que ampara mis pecados si rezo o hago una donación. Perdonen, pero no creo en el Dios “traga niquel” que funciona cuando hago novena o enciendo una vela si es “mágica” la intención. No creo en un Dios ingenio que porque “no mato ni robo” disimula mi terrible pecado de omisión. 

Tampoco creo en dioses nuevos ni viejos que se adoran por su temporal y efímero poder: dinero, personas, ideologías y placer. Como tampoco creo en los que se arrodillan ante estos ídolos de barro y adulan y hacen trampas, lo que sea, por alcanzar su “bendición”. No creo. Todos esos dioses pagan a sus aduladores con su perdición.

Creo en el Dios que se goza con la fe sencilla de los sufridos de siempre y camina con ellos todos los días buscando el empleo que nunca llega. Creo en un Dios de ternura y consuelo que busca al pecador y no descansa hasta tenerlo de vuelta en su casa. Creo en un Dios Compasión que recibe al que lo ofendió y lo acurruca en su corazón y manda preparar fiesta en el cielo por su conversión.

Creo en un Dios que vive y reina en los desposeídos y que sitúa su reino en los hombres y mujeres de buena voluntad. Creo en un Dios que se “pasea por el jardín” de nuestros corazones y se complace viendo las flores de la humildad, generosidad, gratitud y compasión. El Dios en quien creo sufre de manera misteriosa pero real mientras sigue la pasión del mundo y está actuando en la historia para liberarnos de todo mal. Creo en el Dios Crucificado que agoniza con los moribundos de nuestros hospitales y que está en las cárceles esperando la visita que nunca llega.

Mons. Rómulo Emiliani, cmf 
ObispoObispo Auxiliar de San Pedro Sula

Perdonen, pero no creo... (II)

¡Qué fácil es manipular a Dios! Poner mis deseos y apetencias en su boca, o convertir en voluntad de Dios lo que simplemente es voluntad mía.

Son muchos los que a lo largo de la historia, y hoy en día, se aprovechan del nombre de Dios para mantener sus privilegios e imponer sus interpretaciones del mundo. Muchos los que utilizan el nombre de Dios para enfrentar a los seres humanos entre sí o para marginar.

Puedo dedicar un tiempo a reflexionar si yo también manipulo algunas veces a Dios. A mi nivel, en pequeñas cosas, en los compromisos de todos los días, en la lectura que hago de las noticias, del mundo y de la realidad. Si esa manera de mirar el mundo me acerca o me aleja de mis hermanos. ¿Paso mis ideas, opiniones y deseos por el filtro del evangelio? ¿O intento interpretar el evangelio de la forma que más le conviene a mis intereses?

No creo en un Dios que manda a matar a los otros por demostrar la auténtica fe o para rescatar lugares santos o que ahora decide destruir antiguas esculturas de otras religiones para preservar la pureza de una tradición.
No creo en un Dios que te dice que solo está en una religión o que lo encuentran exclusivamente en un santo lugar.
No creo en un Dios que declara “guerra santa” y hace llamar infieles a los que no lo adoran como supuestamente él quiere. No creo tampoco en un Dios que manda a los negros ir a un templo y a los blancos a otro, ni tampoco en un Dios que se “siente mejor” en la iglesia lujosa e incómodo en la ermita.

Creo en un Dios que nos prepara una morada celestial y que nos tendrá con Él para siempre. Creo en un Dios que nos invita a seguir nuestra religión y ser fieles a nuestra fe pero sin despreciar la de otros. Creo en un Dios que quiere que conozcamos y amemos a su Hijo Jesucristo y que lo adoremos en la Palabra y Sacramentos, en nosotros, en los demás, sobre todo en los pobres, y cuyo Espíritu está presente en todas las culturas y en la naturaleza. 

Mons. Rómulo Emiliani, cmf 
ObispoObispo Auxiliar de San Pedro Sula