Qué es la oración

Las mejores definiciones son siempre las más simples. Hoy traemos aquí una de las más famosas definiciones de qué es hacer oración; la más profunda, sencilla y completa: la de San Juan de la Cruz. Es, de hecho,  la descripción de 4 buenos pasos para hacer oración...


Olvido de lo creado,
(Distanciarse temporalmente de las cosas, las personas, incluso de mí mismo, para centrarme sólo en Dios)

memoria del Creador,
(Recordar todo lo que Dios ha hecho en mi vida, como creador mío, de los demás y de las cosas. Es desde esta perspectiva del Creador como cobran nuevos significados las cosas y personas de las que me "olvidé" en el paso anterior)

atención a lo interior,
(Observar y analizar los sentimientos que esta situación orante me produce, esos nuevos significados que voy descubriendo en Presencia de Dios. Ver si prevalecen los sentimientos de Dios o los del egoísmo.)

y estarse amando al Amado.
(Adherirse y entregarse a los sentimientos de Dios. Permanecer amando, confiando en que esta mera exposición a su Presencia me renueve y vivifique. No hay que hacer nada, hay que dejarse hacer.)
Posted by JDL

Ser pan, hacerse pan

Este domingo [Jn 6, 55. 60-69], Jesús se presenta nuevamente como "verdadero alimento". Evidentemente, no en un sentido fisiológico, sino espiritual; pero Jesús llama nuestra atención en que esta dimensión es tan "real" como la física. Por eso es verdaderamente necesario alimentarla también. No por ser una dimensión inmaterial deja de ser importante, de efectos visibles y conformadora de nuestro ser. 

Y cuenta la Biblia que, al oír esto, muchos discípulos (la inmensa mayoría) le abandonaron. ¿Por qué? Probablemente muchos no entendieran el símbolo, la metáfora que les proponía Jesús (como hoy en día), interpretándola como realidad física, y esto, es "inaceptable", casi morboso o macabro.
Pero la metáfora que propone Jesús es espiritual y mucho más profunda, con varias facetas complementarias:

- Hacerse "cotidiano". El pan es el alimento más básico y sencillo. Jesús nos propone hacernos (y él da el primer ejemplo) cercanos, humildes, sencillos, austeros, sinceros en medio de la realidad cotidiana. En otro pasaje, Jesús nos invita a ser levadura en medio de la masa, sal para el mundo. La levadura y la sal son ciertamente pequeñas y sencillas, pero ¡cómo cambia todo si están presentes estos pequeños e invisibles transformadores sociales! 
- Hacerse "efectivo". Este mundo necesita - más que el comer- gente como Jesús, que responda a las necesidades urgentes y concretas de los demás. Jesús elimina el engaño trascendentalista, por el que hacemos de la religión una evasión teórica, abstracta, que nos aleja de los demás. Estamos eternamente posponiendo nuestra entrega a un más allá que nunca llega; mientras, a nuestro lado, el hermano que ha puesto Dios en nuestro camino sigue pasando hambre... "Dadles vosotros de comer" nos recuerda Jesús. "¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?" bien nos podría preguntar nuestro hermano necesitado...
- Darse "del todo". Cuando alguien da comida a otro, el primero se queda sin ella por bien del otro. No se puede aprovechar la comida sin que ésta se gaste, de forma irreversible. No es como otro tipo de objetos que no se gastan por el uso, sino que la comida dada, queda entregada para siempre, del todo. Jesús nos invita a darnos del todo; no sólo "un poquito", no sólo "a veces", no sólo "depende", no sólo "a mis amigos", no sólo "de lo que me sobra"... no sólo "mientras yo no pierda".  ¡Que le pregunten a Jesús en la Cruz si estaba muriendo a medias, sin que pierda, parcialmente! Que le pregunten si su vida entera fue una donación a medias, calculada y medida, mediocre (que significa "a medias"). No, Jesús nos muestra con su propio ejemplo que la entrega, si es sincera, es total. Esto es lo que determina la autenticidad de la entrega, por eso Jesús es alimento "verdadero", auténtico.

Y claro, esto de la entrega sí que es difícil de asumir... Quizá esta fuera la segunda razón por la que muchos abandonaron (y abandonan) a Jesús. Quizá algunos comprendieran que esto del seguimiento tiene mucho de renuncia y de entrega... y claro, es más cómodo buscarse a otros profetas... ¡se venden tantos...!
Sin embargo, hubo un pequeño grupo de personas - unos veinte contando con las mujeres- que SÍ se atrevieron a hacerse pan, a vivir como Jesús, porque sólo tú tienes palabras que nos dan Vida, que nos hacen eternos -diría Pedro-. Viviremos a tu lado, porque sentimos que eso es mucho más valioso que otro tipo de alimentos. "Sólo Dios basta" resumirá Teresa de Jesús. Jesús también desea que nosotros seamos, en pleno siglo XXI, de esas pocas personas que sí quieren seguir a Jesús, entregarse del mismo modo, y que sólo esto les baste

Hostia viva
Cuando hostia viva me pides que sea
miro cuánto cuesta que mi grano muera,
qué difícil es que aún con cizaña crezca,
cuánto miedo tiene a la hoz que lo cosecha,
cuánto le esquiva al triturar de la molienda,
cómo se resiste al fermento que lo aleuda,
cuánto le teme al fuego que lo incendia
y pienso que no habrá pan para tu mesa.
Mas cuando veo que tu amor está detrás
de que nada malogre el fruto de tu siembra,
confío que tú sabes de hacer pan
y mucho más, de hacer conmigo… fiesta.
(Javier Albisu, sj)

Volver a ser un niño

En ocasiones pensamos que, para acercarnos más a Dios, para sentir su presencia, para buscar "certezas" espirituales o "consolación" que diría san Ignacio, tenemos que esforzarnos nosotros más, buscar a aquel conferenciante famoso, escapar a aquel paisaje tan hermoso y remoto... Y esto está bien en lo que tiene de "buscar", siempre y cuando no centremos la búsqueda en nuestras propias fuerzas...

Pero Jesús, en el evangelio de ayer, nos propone un camino complementario y más sencillo: volver a hacernos niños, incluso "volver a nacer" que le diría a Nicodemo. Sí; sólo podremos descubrir a Dios si desempolvamos estas cualidades: sencillez, alegría, inocencia, capacidad de descubrir y sorprenderse... y sobre todo: confianza.
Igual que un niño en brazos de su padre jamás piensa que su padre le va a abandonar, o dejar que caiga al suelo, así nosotros también deberíamos confiar en que Dios jamás nos va a abandonar, incluso aunque estemos pasando nuestra noche más oscura. Al verdadero niño, simplemente no se le pasa por la cabeza. Sólo los adultos desconfiamos de Dios, porque las decepciones que hemos tenido con los hombres nos hacen también desconfiar de todo lo demás.

Por eso hoy es más necesario que nunca, y más contracultural que nunca, volver a confiar en la Humanidad y en el Dios que creó y sostiene la Humanidad. Sólo en este estado especial, este "brillo" del alma, podrá manifestársenos Dios de nuevo, volverá a presentársenos nuestro Padre como tal.
Mucho de esto ya lo cantaron Los Secretos en su famosa canción:

"con ese brillo que te vuelve un niño, 
llegaste como si tal cosa"



En aquel tiempo, le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase por ellos. Los discípulos regañaron a la gente; pero Jesús les dijo:
“Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis, porque de los que se hacen como ellos es el Reino de los cielos”. Después les impuso las manos y continuó su camino. (Mt 19, 13-15)


La oración de María

Hoy, que celebramos la Asunción de María, vamos a plantearnos una pregunta muy sencilla, pero vital: ¿cómo sería la oración de la Virgen? En este blog llevamos dos años hablando sobre la oración,... ¿y si hoy nos fijamos simplemente en María? ¿No decimos que es un modelo de vida? Entonces, ¿por qué no intentar adentrarnos en cómo oraba ella? ¿Cómo se comunicaba con Dios, ella que -sin duda alguna- ha sido la persona que más intimidad ha tenido con el Señor en todos los tiempos?

Una de las pocas cosas que dijo y que nos haya llegado por los evangelios es, precisamente, una oración: el magníficat (se llama así porque así empieza en latín). Sólo una oración pero, para muchos, es la más hermosa y apasionada de las oraciones. Es una oración "construida" con muchos trocitos de otras oraciones; es como un collage que va tomando y recomponiendo fragmentos del Antiguo Testamento (claro, no iba a ser del Nuevo). En este documento que podéis descargar hemos relacionado las frases de María con las frases del AT que podrían ser su fuente de inspiración. Es realmente bonito ver cómo incluso expresiones que hoy en día nos chocan (como "dispersar" a los soberbios, "nombre Santo", el "brazo" de Dios...) hacen referencia a textos e imágenes simbólicas muy conocidos para el Pueblo de Israel, cargados de significado para esa cultura.

Lo interesante de este collage es que, en el fondo, nos habla de cómo era María:
- Mujer de oración e interioridad. Por lo que hemos comentado. "Ella guardaba todas estas cosas en su corazón" [Lc 2, 19] no es sólo una afirmación sobre María tras el nacimiento de Jesús, sino que ella era así. No sólo oraba con frecuencia, sino que la profundidad con la que reposaba y asimilaba la palabra de Dios es lo que la hace tan especial. No olvidemos que fue María la que, en la práctica, enseñaría a orar a Jesús.
- Humildad y sentido comunitario. María no se "inventa" su espiritualidad de la nada, sino que se apoya - y nos lo explicita- en la experiencia de fe de miles de hombres que la precedieron, y que, con las pobres palabras que ellos encontraron, intentaron describir a Dios. María da testimonio de que ella también ha descubierto algunos de estos "retales" de Dios. Cambia el orden, recompone, añade algún elemento nuevo... pero siente que la descripción sobre Dios es una composición coral, comunitaria a lo largo de la Historia.
- Saber ser palabra y ser acto. En esta larga tradición de experiencia comunitaria de Dios, algunas personas fueron llamadas a tener una palabra más clara, más alta para guiar al resto. Son los "cánticos" de Moisés, de Ana, de Isaías, etc. y que son una especie de discursos inspirados en los que condensan cuál es la misión a la son llamados o cómo es el núcleo de su experiencia de Dios. Son, por tanto, enormemente clarificadores. María toma algunas expresiones precisamente de estos cánticos, ya que, en este preciso momento, es a ella a quien le toca componer el cántico, "ser palabra", alzar la voz para guiar al Pueblo; poniendo palabras sobre su experiencia de Dios. 
El cántico es siempre puntual y excepcional. María permanecerá callada -para los evangelios- prácticamente todo el resto de su vida. Todo lo ha dicho ya. A partir de ahora será sólo "acto", compañía y entrega en la sombra; enseñándonos así a equilibrar nosotros también estas dos realidades (palabra y acto) en nuestro seguimiento de Jesús. 

Degustemos hoy esta composición original sobre la experiencia de Dios en María; algo que es tan profundo, gozoso y revolucionario que no se puede "decir", sino que ella sintió que hay que "proclamar".

Una palmadita en la espalda

A todos nos gusta recibir de vez en cuando una palmadita en la espalda. Que alguien nos diga lo bien que hemos hecho alguna cosa o que se reconozca nuestro esfuerzo. Sobre todo cuando es algo no esperado o viene de alguien a quien admiramos.

Mi problema es que muchas veces también llego a mi oración buscando esa palmadita en la espalda. Que mi oración confirme mi vida, que sirva para reafirmar mi camino, y que me cuestione lo menos posible. En esos momentos me acuerdo del joven rico, que hubiera quedado encantado si su conversación con Jesús hubiera durado la mitad. Él, que esperaba un reconocimiento por su cumplimento de la ley quedó decepcionado cuando se dio cuenta que era incapaz de poner toda su vida en juego.

Y es que ponerse a hacer oración tiene estos riesgos. Que a veces uno no escucha lo que le gustaría, y siente que se le pide más de lo que quiere dar. Sin embargo, mi experiencia y la de muchos otros, es que Dios nunca pide más de lo que puede dar cada uno. Que la palmadita en la espalda muchas veces viene desde esa petición de algo más. Porque Él nos conoce, y sabe hasta donde podemos llegar. Porque su manera de desinstalarnos también es su manera de decirnos: "Confío en ti, sé que puedes hacerlo".


Buscando respuestas

Estos días asistimos asombrados a la llegada a Marte de un nuevo vehículo espacial que con sus observaciones y descubrimientos se pretenden responder preguntas como si existe vida en ese planeta, si ha existido en algún momento o si hubo agua sobre su superficie hace miles de años. Hace pocos meses otros científicos nos sorprendían con sus descubrimientos de nuevas partículas que componen la materia. Cientos de personas han trabajado en estos proyectos y habrán sido miles las horas dedicadas a cumplir estos objetivos.

No dejará nunca de sorprendernos la capacidad de los seres humanos para hacerse preguntas, para ir siempre un poco más allá de lo que ya conoce, para poner todo su esfuerzo y capacidades en esas búsquedas en la inmensidad del universo o en lo más pequeño de él.

Podría preguntarme si yo también vivo así mi vida espiritual y mi relación con Dios. Seguro que a lo largo de mi vida han sido (y serán) muchos los momentos en que me asalten preguntas sobre quién es Dios, cómo vivir mi relación con él, qué sentido tiene mi vida, qué espera Dios de mí... Y en mis manos está el poner todo de mi parte por buscar respuestas, o simplemente dejar que el tiempo acalle las preguntas. La sed de conocimiento y sentido no se acaba en las respuestas científicas que nos ofrecen los grandes descubrimientos. Nuestra sed de Dios, de trascendencia y de sentido necesitarán también una búsqueda activa. Fiándonos de los que caminaron y caminan por delante nuestro, pero también atreviéndonos a lanzar nuestra búsqueda individual.


Señor, si no estás aquí, 
¿dónde te buscaré estando ausente?
 Si estás por doquier,
 ¿cómo nos descubro tu presencia? 
Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. 
Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad? 
¿Quién me conducirá hasta allí para verte en ella? 
Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgos te buscaré?
 Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío;
 no conozco tu rostro... 
Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca, 
porque no puedo ir en tu busca, 
a menos que Tú me enseñes, 
y no puedo encontrarte 
si Tú no te manifiestas. 
Deseando te buscaré, 
te desearé buscando, 
amando te hallaré, 
y encontrándote te amaré. 
(San Anselmo)

Las olimpiadas y nuestra oración

En estos días de Juegos Olímpicos, quien más o quien menos se habrá asomado a alguna de las competiciones que constantemente nos retransmiten por la televisión. Porque nos gusta ver deporte, porque nos emocionamos siguiendo a alguno de los deportistas de nuestro país, o incluso a veces por la curiosidad de ver deportes que ni siquiera conocíamos que existían o que sólo vemos de cuatro en cuatro años. Son días de elogios para los ganadores, de celebración de triunfos y de disfrutar las metas alcanzadas tras años de esfuerzo, entrenamiento y renuncias.

Muchos son héroes efímeros que aciertan a dar lo mejor de sí un día concreto. Otros son héroes que año tras año se encuentran en lo más alto del podium en cada competición a la que acuden. Y otros muchos, que nos suelen pasar desapercibidos, son anónimos deportistas para los cuales el premio ha sido poder competir. Saben que nunca llegarán a ser ni siquiera diploma olímpico, pero seguro que han trabajado tanto como los ganadores, renunciado a tantas cosas como ellos y entrenado tantas o más horas. Y sin embargo su capacidad física nunca les permitirá llegar más lejos ni estar a la altura de aquellos.

A veces también nos podemos sentir así nosotros en la oración. Un camino a veces complicado y que sobre todo exige mucha constancia. Donde uno se va sintiendo cada vez más a gusto y seguro a medida que más tiempo le dedica. Algo que no es fácil en medio de nuestra vida, porque siempre hay algo que nos parece más urgente, o que nos apetece más, o que parece que va a ser más útil. Porque los resultados ni son inmediatos, ni tangibles, ni cuantificables, y eso a veces nos desespera. Porque también en esto tendemos a compararnos con otros: que siempre aciertan a expresar lo que viven en su oración, que nos parece que hacen más que nosotros por los demás, que parece que siempre van por delante de nosotros en el camino...

Pero por suerte en esto de la oración no hay clasificaciones. No existen los que triunfan y los que quedan por detrás en la carrera. De hecho lo que realmente importa es el propio camino. Ser capaces de seguir acercándonos a Dios a través de nuestra oración. A pesar de las dificultades. Seguir buscando caminos y formas que nos ayuden a escuchar su voz. A pesar de que no siempre veamos claro por dónde caminar. Seguir fieles en los momentos de oscuridad aunque no siempre lo sintamos cerca de nosotros. Por eso nos pueden ayudar las palabras de San Pablo, para tener claro cual es nuestro objetivo. Que no es nuestro triunfo personal, ni ser centro de atención de los focos, ni un beneficio personal. Corremos hacia aquel que nos llama, sabiendo de nuestra limitación, pero de la importancia de seguir en el camino. Y sobre todo sabiendo que el premio, el amor de Dios, ya lo recibimos al comenzar el camino, y nos espera en toda su plenitud al final de él.

No pretendo decir que haya alcanzado la meta o conseguido la perfección, pero me esfuerzo a ver si la conquisto, por cuanto yo mismo he sido conquistado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no me hago ilusiones de haber alcanzado la meta; pero, eso sí, olvidando lo que he dejado atrás, me lanzo de lleno a la consecución de lo que está delante y corro hacia la meta, hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto por medio de Cristo Jesús. (Flp 3, 12-14)